¡Qué tendrá la Semana Santa de mi pueblo que no consigo olvidarme de sus imágenes, de sus tambores y de la emoción de su gente!
Enamorada estoy de todo cuanto vi, de todo cuanto respiré, de todo el amor que palpé. |
Se me ha quedado grabado a fuego. No lo puedo olvidar. No se volverán a cerrar mis ojos sin recordar la imagen de la bellísima María Santísima del Amor subida a su trono, iluminando sus pesares los cirios blancos, resguardada por la penumbra. De perfil, la vi de perfil Madre es mía. Madre de todos los que allí nos encontrábamos derrotados por la desesperanza. Derrotados porque quiso el Altísimo que ese Viernes Santo fuese lluvioso y que nuestras esperanzas volaran, pero no así nuestra fe.
Guapa es poco para explicar lo radiante que se encontraba. Las niñas de Andalucía son guapas porque así lo es María, porque así lo es la Madre del Salvador. La esperanza se pierde cuando te la arrebatan, y yo no quería que se me fuese arrebatada. |
Entré en aquella monumental iglesia. El aire, ¡qué aire!, impregnado de incienso, del olor de los cirios y las flores frescas. Todos los pasos montados sobre sus tronos, iluminados por los cirios, envueltos en tal penumbra que la imagen no podía ser más sobrecogedora.
Y allí, allí estaba mi Cristo, mi Pastor en su agonía clavado en la Cruz que cargó para mi salvación. ¡Qué mísero se siente uno al recordar todas las calamidades que por nuestra Salvación Él pasó y lo mal que se lo pagamos pecando cada vez más! Uno se siente pequeño, pecador y sólo implora misericordia. Misericordia para mi pobre alma le pedí. Pero aquel Viernes Santo, más que misericordia, rogué que su voluntad se cumpliese y que todos la aceptásemos, que somos pecadores para cuestionar su voluntad.
Llorar. Sólo me faltó llorar. Sobrecogido se me quedó el corazón cuando a la cara le miraba y hallaba tanto dolor como un amor tan intenso que uno no se cree merecedor de tal. |
Dejé atrás a mi Salvador, sin darle la espalda ni quitarle la vista, para encontrarme con mi Madre, de la que sólo buscaba consuelo. Allí, allí ¡qué lo sepan todos!, que estaba allí. Tras su hijo aguardaba y su llanto en un pañuelo enjugaba. En su pecho el corazón doliente atravesado por un puñal y la cara, su cara de fina porcelana, era un mar de lágrimas tan profundo e inmenso que sumergía a cualquiera en la más oscura de las tristezas. |
Que ella fue la madre de Dios, que ella trajo al mundo a nuestro Pastor. Que fue tanto madre como fiel seguidora de su Hijo. Que ella sabía de las calamidades que su Hijo habría de sufrir y madre amorosa, que no recelosa, le dejó que continuase su camino. Tristes y amargos fueron esos momentos, esos agobiantes días en que Cristo se daba por la humanidad. No era reina por aquel entonces, no tenía corona de plata ni mantones de bordaduras cuidadas, que sólo era una humilde madre rota de dolor al ver a su Hijo clavado en la Cruz. |
¡Tanto te quieren tus hijos, Madre, qué por tanto valor te decidieron hacer reina!, ¡reina y señora de todas las generaciones!, ¡merecedora de ovaciones y del amor de tus hijos que te seguirán queriendo! |
A tus pies me postré y a ti te pedí que me ayudases a asimilar y no cuestionar la voluntad del Padre. |
No sé si fue mi insistencia. No se si fue el no perder ni la esperanza ni la fe. Yo no se lo que fue. Pero una cosa está clara, el Señor, donde quiera que estuviera y desde donde quiera que me viera; hizo a mi corazón y al de todos los acompañantes de mi hermandad felices. ¡Con qué gozo recibimos todos la noticia de que sí!, ¡de que sí saldríamos a procesionar a los dos tronos!, ¡de que aquel lluvioso Viernes Santo el Altísimo nos bendijera con un sí! |
Emotiva fue la salida. En silencio fue el recorrido. Todos lo hermanos más hermanos que nunca y con el corazón rebosante de fe. |
Quien no es creyente, creerá que fue casualidad, pero los ojos de un cristiano lleno de fe, no engañan. No engañan cuando se trata de ver los actos que Dios nos regala. No me engañaron ni me mintieron. Pude verlo. Lo vi. |
Fue al juntarse y enfrentase el trono de María Santísima del Amor y el Cristo de la Expiración pocos minutos antes de encerrarse. |
Al enfrentarse se recrea el momento crítico. El momento en que Cristo expira y la Virgen lo ve morir. Expira, y cuentan las escrituras que el Cielo se rasgó en un terrible rayo y un profundo trueno. |
Villacarrillo, no es Jerusalén, no eran las tres de la tarde, sino una hora antes, pero, lo juro, el Cielo se rompió. Se vio dibujarse en el Cielo un rayo seguido de un relámpago y comenzó a llover. Memorable la imagen de Cristo muerto en la Cruz, con la mirada perdida y las gotas de lluvia mojando su rostro.
Entraron los tronos dentro y el diluvio cayó sobre Villacarrillo. |
Mis ojos, no me engañaron, mi corazón, no me mintió. Mi alma se alegró y mi fe se fortaleció. Ese Viernes Santo que jamás olvidaré, marcará mi vida y lo escribiré y alabaré tanto, que no me permitiré enterrarlo. |
Él, nos ama y nos quiere tanto, que, aun siendo nosotros unos pecadores, Él atenderá nuestras súplicas, perdonará nuestros pecados y nos concederá aquello que le pidamos. Tan bueno y humilde es, que con arrepentimos de verdad, Él nos perdona y nos sigue mimando y yendo siempre a nuestro lado. |
"Dios tiene un corazón de carne"- dijo el Santo Padre y tan verdad es, como que "A Cristo, cuanto más se le conoce, más se le quiere". |
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Antonia Hervás Molina |
| <<<Majestuosidad en Villacarrillo>>> |
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